Una vez te agarran de las muñecas y ven que tu brazo es capaz de estirarse más de la cuenta, lo volverán a probar.
Quizá por inercia. Quizá por la curiosidad de ver hasta dónde puede llegar. Quizá por su propia necesidad.
Pero acabará por convertirse en una práctica común.
Le exigirán a tus piernas alargarse para seguir su paso. A tu cuello alzarse para ver lo que ellos no pueden. A tus brazos sostenerlos en brazos cuando no tengan fuerzas de continuar.
Y tú lo aceptarás.
Porque has visto y te han dicho que tienes un superpoder. Te sentirás tan especial que regalar tu cuerpo para que otros lo usen parecerá un pequeño precio a pagar por ver una sonrisa en sus labios. Porque… ¿Qué más tienes para ofrecer? ¿Cómo puede compararse siquiera cualquier otra cualidad tuya con esta?
Estás haciendo feliz a otros. Estás ayudando a otros.
A otros.
Otros.
Quédate todas mis extremidades, dirás.
Quédate mi cuerpo. Quédate mi mente. Quédate mi amor. Quédatelo todo.
Creerás que has nacido para regalarlo todo de ti. Hasta que no quede absolutamente nada. Hasta que no seas más que restos desperdigados que podrás encontrar en otros.
Y nadie recordará quién fuiste.
Solo qué les diste. Qué no hiciste. Qué no dijiste. Cuándo no estuviste. Cuántas expectativas no cumpliste.


